Antes del año 1450 las historias se contaban, viajaban, e
iban evolucionando dependiendo de emoción de cada uno de sus narradores.
Eso fue hasta que un tal Gutenberg, cansado de no poder reenviar un e-mail y tener que copiar todo a mano, inventó la imprenta. Comenzó utilizando una prensa de vino
para aplicar fuerza en las letras sobre el papel. Ya desde entonces el vino no sólo
curaba heridas en el corazón del hombre con problemas amorosos;
alguien le había encontrado otro beneficio a ésta bebida. Imprimir
historias.
¿Pero qué pasó con esa magia del relator, esa evolución natural del texto que venía impresa, por la personalidad del cronista? Los textos habían empezado a perder esa evolución. A veces creo que nos olvidamos de lo
esencial, para que una historia sea real, tiene que ser creída por el que la escucha, o la lee. Lo real
ya no es tangible, sino elegible. Uno elige creer.
Por eso elegí mi propia historia del pingüino, y del vino.
