Hace un tiempo formaba parte de un grupo con quichicientos mil fans de gastronomía donde el 1% valía la pena y el resto hacía preguntas bastante estúpidas del estilo "¿Alguien conoce un buen sushi que sea barato y tenga pelotero para los chicos?"
Siempre pensé que el buen sushi no podía ser barato. No por la frescura del pescado, no creo que el precio venga por ahí. Seamos coherentes, si el pescado no
A veces quiero darme un gustito como todo simple mortal atraído
por el neo-liberalismo y el consumismo desmedido así que opto por visitar el
sushi bar de la calle Paraguay, por el “sensacionalmente inseguro” Retiro Neighborhood.
Año
2007, Julio. Jueves 19 al medio día. Esa fue la última vez que estuve
en el Club Sueco. Mi viejo estaba internado en Favaloro y dos días
después se me iba de las manos. Ese día invité a mi hermana a comer a
este lugar porque me gustaba mucho como opción para almorzar en el
centro.
Volví con dos amigos sibaritas, Al Kleiman y Leo Volpe.
La propuesta vino de la boca de Al, y no podía negarme porque ya era
hora de dejar de mariconear. Era un restaurante, fue un momento, siempre
me gustó, merecía volver.
Mudarse implica mucho más que llevar y traer muebles, encontrarse con pelotudeces que no tiene sentido guardar y seguir guardándolas, ver ropa que no te ponés hace tres años pero que, por algún motivo que ni los psiquiatras entenderán, la seguís conservando en en placar con el único objetivo de arrugar el resto de las prendas por falta de espacio.
Eso es lo mínimo que hacés en una mudanza. Lo que estás obligado a hacer. Pero la mudanza requiere de una muy importante tarea, táctica podríamos decir, y, ¿por qué no "estrategia"?, para conocer el nuevo ambiente hostil donde vamos a estar instalados, al menos, por varios años.
Cuando me mudé a Floresta empecé a hacer un análisis de mercado caminando por las calles y relevando todo tipo de establecimiento que me sirva, desde cerrajerías hasta estaciones de servicio, desde panaderías hasta pancherías, todo. Por eso la mudanza toma mucho más que un flete. Estás mudado cuando ya tenés la posta de cada lugar cerca de tu casa.
Y acá la posta es La Posta.
Pizzerías hay en todos lados; cada barrio tendrá las suyas y la avenida corrientes albergará un conjunto de lugares que puede ser el aglomerado más importante de buenas pizzerías de Buenos Aires. Pero por más rica que sea una porción de pizza, ni a palos me hago 40 minutos de viaje para comer algo. Me estaré poniendo viejo, pero pizza buena hay en cualquier barrio de Buenos Aires.
A veces las cosas no valen por lo que valen sino por cuánto nos cuesta obtenerlas. No vale la pena irse hasta microcentro si tenés un lugar bueno para comer en tu barrio. Si la idea es "salir", perfecto. Si la idea es comer, quedate cerca de casa.
La Posta me queda a 4 cuadras de casa, en la esquina de la avenida Rivadavia y Candelaria (a una cuadra de la estación de trenes de Floresta). Si bien que me quede cerca es un plus, la pizzería lo vale. Ojo, hablo de pizzería porque, más allá de que también tengan carta de minutas, lo mejor es la pizza. Comí ravioles, ñoquis, milanesa, pero el fuerte es la pizza. El resto es más relleno para los que van a una pizzería a no-comer pizza.
Lo que más me gusta de la pizza de este pequeño bolichito en ochava es la masa. Me hace recordar a la masa italiana, más rústica, tostada en algunos lugares y más tierna en otros, con una excelente base en horno de barro, bien durita, algo que se logra con un horno bien caliente y una buena mano.
Antes de todos los aumentos la Muzza estaba $54, pero ahora se fue más o menos a los setenta mangos, así que compite con la mayoría de las pizzerías de Buenos Aires. Por menos de 10 mangos te llevás una regia porción de fainá, ideal para meterle un toque cremoso a la última porción que te vas a comer, o al menos así lo hago yo.
La pizza de cancha es tomate, verdeo, ají rojo y cebolla, y salvo que siempre le tuve que agregar sal, es una muy buena opción para comer algo sin morir en los kilos de muzzarella pesada. Especial para domingo a la noche, cuando venís saturado de un fin-de-semana-de-locura-asado-y-budín-de-pan.
Pero mi preferida es la de anchoas. Una anchoa (grande) por porción, y bastante ajo picado y oliva por arriba. Se me hace agua de mar la boca. Bien aceitosa, pero de ese aceite fresco, natural, sin cocción, que le queda tan bien al ajo picado. Y si no te querés clavar toda una pizza de anchoas lo mejor que podés hacer es pedirte una Mixta que viene mitad muzzarella y mitad anchoas. Para todos los gustos.
Si bien no soy el rey de la fugazzetta, viví 5 años en Villa Crespo, muy cerquita de Angelito, el reducto de 25 metros cuadrados famoso por su pizza de cebollas al molde en la pizzera de chapa negra por sus últimas 8.714 cocciones, circa 1961. Una vez que probaste esa fugazzetta difícilmente puedas aceptar que otra se le parece. Cuidado que es sólo una apreciación personal, y no recomiendo ir a probarla, para no generar un vicio más en la vida de los demás. Para mí es genial.
Sin embargo la de La Posta no me pareció mala, pero no le llega a los talones a esta, por lo que, si estás pensando en probar una pizza diferente a la de muzzarella, no elijas la fugazzetta, y elegite la de verdura.
Soy de los que cree que una excelente pizza de verduras con mucha salsa blanca y un queso duro rallado por encima, puede ser la gloria misma. Si te pongo una porción de ésta, y una de Banchero, quizás no las puedas diferenciar. Vale la pena hasta el último bocado.
¿Quién sabe la gente empiece a abrirse de los sectores típicos culinarios como Palermo, Villa Crespo y Belgrano y empiecen a conocer Floresta, Flores, Parque Patricios, La Boca y Villa Urquiza? ¡Encima tienen delivery si llamás al 4671-7195!
El que se queja de que come siempre lo mismo merece que le siga sirviendo siempre el mismo mozo.
La oferta gastronómica del barrio se te va acotando y ya te conocés a los viejitos que toman café en el mismo bar de la década del cincuenta, el pibe con la bici que lleva las empanadas y la pizza del único lugar potable para el gusto de un tano, y esa heladería que sigue haciendo granizado de chocolate como si ayer hubieran festejado la llegada de la democracia.
Abrir horizontes es caminar 5 o 6 cuadras más de lo que uno suele caminar y adentrarse en un lugar nuevo, a sabiendas de los riesgos a correr.
Si caminás por la avenida Rivadavia en el limite de Flores y Floresta seguramente cuentes con los dedos de la mano (que te agarrás el bulto para hacer el chiste típico) restaurantes que valgan la pena entrar a visitar. Entre la oferta disponible hay mucho restaurante peruano donde desodorizan con Aerosol Aroma Frituras del Bosque, que te ofrece poco y nada ganas para entrar a averiguar si se come o no se come bien.
Mirá que yo soy de esos flacos que no tiene drama si le gotea grasa por la mano hasta el codo mientras come un choripán y tiene que limpiarse con el costado del pantalón. Pero pasás por la puerta de estos bolichitos y tu vesícula segrega bilis sólo por el hecho de oler el ambiente.
Pero entre todo eso está Rico Perú.
Si bien el lugar tiene la decoración y la ambientación típica de un restaurante peruano (turístico) regular, lo mirás con otra cara por estar haciéndole la competencia a mucho antro-comés-sentado-sobre-las-bolsas-de-Asurín. La primera impresión es de un lugar limpio, y con espacio entre las mesas suficiente como para no sentirte camión de hacienda en Liniers.
Fuimos varias veces y aprendimos, también gracias al consejo de la moza, a pedir un plato para dos. Todo lo tenés que multiplicar por dos. Si el plato es para uno, es para dos, si una fuente es para 4, comen 8. Así.
A veces creo que así como en las operaciones estéticas en Venezuela, en la cocina peruana triunfa el exceso. Nunca ponerse tetas normales, nunca un arroz Chaufa para el estómago de un ser humano. Siempre todo tiene que ser grande, gigante...
Y no es que uno se vaya a quejar por quejar de las tetas, pero me encantaría que los platos de la cocina peruana fuesen mucho más chicos, y por consiguiente más baratos, así las opciones son más variadas a la hora de sentarte.
Igualmente no sé para qué me quejo del precio si se come regalado. Compartiendo un plato, una bebida de litro (tienen desde Pepsi hasta Inca, limonada, y cerveza), gastás menos de 50 pesos por persona. Hoy, 2014, con un dolar a 12 mangos, estás hablando que te cuesta comer 4 billetines norteamericanos, como para ponerse en situación con el resto del mundo.
Seguramente salte algún infeliz a decirme que en Lima o Cuzco se come por eso o menos plata, bueno, todo bien, pero no me importa tu opinión flaco, porque en Buenos Aires hoy comés por menos de 50 pesos la opción de precio cuidado del Gobierno en Mc Donald's. Salvo el combo del Big Mac, no podés comer por menos de ese precio.
Tomando en cuenta que la comida es rica, quizás no sea la más rica que hayas probado, pero estando en la esquina de Rivadavia y Campana, donde podés tirar el auto sin que tengas que gastarte en el estacionamiento medido por la franela de un privatizador del espacio público, o llegar vía Subte de la línea A, a un restaurante cómodo, limpio, ordenado, y barato... ¿qué más podés pedir entre tanta hiperinflación de gastronomía étnica y nacional?
Vayan de a 4 y pídanse un ají de gallina, un lomo salteado y un par de postres, dos cervecitas e inviertan lo que les sobra de guita en un buen helado... el helado nunca está de más...
Toda urbe, metrópoli, gran ciudad, o conglomerado de oficinas llenas de gente insatisfecha por sus trabajos obligados por el capitalismo tiene, al menos, un lugar para comer rápido, rico, abundante, barato y característico de la ciudad.
Si no tenés una bar, restaurantecito, bodegón, antro, cuchitril o cueva adonde puedas comer rápido, y cuando digo rápido es MUY RÁPIDO, rico y a precio razonable... fracasaste como ciudad.
Empecemos a describir el sistema.
La cosa es así, en la puerta (Sarmiento 635) hay una flaquita que le va a dar un papel a cada persona. Para retirarte tenés que mostrar este papel. Si está vacío, no pagás nada. Si le escribieron, pasás por la caja. No sé hasta cuánto funciona este sistema o si sólo lo hacen para amedrentar guachos que se quieren ir sin pagar habiendo comido. Es entendible ya que si nunca fuiste en el preciso momento en el que entrás por la puerta te das cuenta del caos que es ese lugar. Igualmente le aplica como un detalle especial al momento. Algo así como la tarjeta de consumición del boliche, de los años 90's.
Ahora, para que te imagines el lugar: una doble barra central, en forma de óvalo largo, con dos pasillos a los costados y banquetas para sentarse entre la máquina del café, los anaqueles con sánguches, tortillas, tomates rellenos, y una parte (la que menos recomiendo) con el empaquetador de take-away más rápido que existe. (para hacer pedidos al 4325-9313)
El menú de esta barra veloz tiene todo lo que un oficinista puede desear a la hora de comer abundante y buscar alguna excusa para dormirse la siesta en el baño del laburo. Si bien algunos platos son más sanos, para eso están esos negocios de comida al peso chinos a los que van las chicas con tal de llegar al verano en tiempo y forma para robarle el novio a alguna cómoda que dejó de cuidarse.
Pobres, no saben que nos quedamos con la que nos vuelve loco y no con la que se vuelve loca por su cuerpo.
El tema es que el sánguche de milanesa de Paulín está entre los mejores del microcentro porteño, aunque tengo mis dudas de ponerlo arriba de los demás. Digo esto porque El Buen Libro creo que tiene la artillería pesada de chegusanes monopolizada.
Igualmente, acá lo que se gana es variedad y, a veces, tiempo.
Te pedís algo y te llega al toque. Posta, te llega antes de que lo pidas. Como si se hubiesen comprado la máquina del tiempo para saber qué pedidos armar. Cosa que me suele romper un poco los huevos en El Buen Libro porque cada vez que pasé por la puerta tenía a 30 lobos hambrientos esperando que los atiendan. Todo bien, pero como que a mi me gusta un poco más llegar, comer y tomarme el buque.
Por otro lado tenemos algo más de variedad que sánguches (sandwiches para los chetos), pero les recomiendo que prueben, si es que todavía no lo hicieron, el de tortilla de papas en pan de focaccia.
Si bien te revienta la vesícula esa bestialidad de comida creo que es lo mejor que probé en este antro lleno de gente, papeles en el piso, bullicio y gemidos.
No hay nada más lindo para un cocinero escuchar que el comensal gime al probar algo que hizo. Y Paulín es el lugar en el centro para tomarse unos pocos minutos y echarse un rapidito, comiendo.
En definitiva, Café Paulín es uno de los grandes lugares para comer del centro porteño, y esto es algo indiscutible. Acá el personaje más conocido del bolichito: El empaquetador más rápido del oeste:
Me pone de la cabeza cada vez que hablo de un plato, producto, receta extranjera y cae alguien a decirme que en el lugar de origen se cocina diferente.
Indignados de la gastronomía clasicista que sólo hacen el comentario para decir que el Pastrami caliente que comieron en New York (Niú ior) era más rico. Los mismos que creen que Sandro es el Frank Sinatra del Jazzumbiero y el movimiento pélvico para la tercera edad.
Con tal de refregarte sus viajes por el exterior te critican un plato que un tipo te hace con tanto esmero. Incluso he leído críticas a restaurantes coreanos en Argentina de los cuales dicen: la comida es demasiado picante.
Si no te arde toda la zona del ano y la criadilla después de comer en un restaurante coreano, fracasó como restaurante coreano. Eso para que lo sepas, indignado de la capsaicina y sus derivados picantes.
¿Qué más podemos pedir que tener un pequeño bolichito gastronómico que te sirva ese tipo de delicias norteameriyanquees, en medio de Villa Crespo?
La buena onda de la dueña es algo fundamental. Al principio quejándose porque había una pareja que ocupaba una mesa de seis sentados en el medio. Es entendible que la gente, especialmente mayor, tenga rechazo a compartir un espacio. Eso es algo que sería hermoso que empiece a cambiar. Nada más lindo que compartir la mesa con otros fanáticos del buen comer, y el buen tomar.
Si le das letra a la mujer, se te acerca y te habla con esa espontaneidad de los chicos que dicen siempre la verdad: "Yo no sé porqué este lugar le gusta tanto a la gente, ¡qué se yo!, acá viene Narda a comer y dice que es muy rico, y para mi es un lugarcito más, pero si a ella le gusta". Me encanta cuando la gente ofrece un servicio y un producto que le sale de forma natural, sin esfuerzos, tan atractivo para el consumidor.
El hecho es que, si fuiste a New York en los años locos que podías comprar dólares y hoy tenés que pilotear como hacer para vivir con los $6 que te indica el estado pseudo-social-anti-demócrata, nada mejor como venir a comerte un Pastrami caliente a La Crespo.
Y si nunca fuiste a Manhattan, entonces enchufate los auriculares con un par de audios en inglés, y vení a comer mientras cerrás los ojos y le hacés creer a tu mente que estás en la ciudad de los ataques zombies, terremotos, inundaciones y demás caos.
Otra de las opciones es comerte el Bagel de salmón ahumado, que trae suficiente salmón como para alimentar a un oso pardo de los bosques de Yellowstone.
Tenemos un lugar para comer abundante, a buen precio y que nos hace sentir parte del una de las ciudades más anheladas para visitar del mundo, ahí no más, en pleno corazón judío de Villa Crespo, en Thames 612, donde todavía no atacaron al barrio con la sobre población culinaria.
Aprovechá, que se van a dar cuenta y van a subir los precios.
Hace mucho tiempo que quería contarles sobre esta parrilla en la esquina de Fitz Roy y El Salvador, aunque al menos 8 de cada 10 fans del sobrepeso que me leen es seguro que la conozcan.
Las Cabras es, en cierta forma, muy parecido a Sarkis. Más allá de que difieran en años luz los estilos de cocina (siendo Sarkis armenio y Las Cabras un restaurante con parrilla bien nacional) comparten entre sí varios puntos.
El primer punto, y hago hincapié en este detalle muy importante, es la espera para conseguir mesa. Conseguir lugar para comer acá es un parto sin peridural. Llevate un libro, cargate música en el iPod o una listita de temas para charlar con tu pareja porque, fácil, vas a esperar unos 30 minutos.
Casi en cualquier momento del día la esquina está llena de gente de forma tal que intimida a cualquier foodie porteño o extranjero. Los extranjeros, en todo caso, están de vacaciones y no tienen nada más importante para hacer en Palermo que comer.
Porque seamos sinceros, a Palermo o vas a comer, o vas a hacer facha dando la vuelta al perro esperando que algún nieto perdido de Coppola te vea con cara de "Es feo, pero artísticamente da para personaje de película, sí, un toque ugly, pero re pop-art"
Imaginate a un español que con tal de ahorrarse 2 euros hace 2 horas de cola para subir 400 escalones a pie en la Torre Eiffel: ¿no te parece que va a comerse 45 minutos para ir a una de las parrillas más baratas de la zona más concheta de Buenos Aires?
El segundo punto similar es el precio. En Las Cabras se come barato. Cuando digo barato digo barato-no-Palermo. Es cierto que no se puede confiar en las masas, pero en este caso el bolichito se llena porque el precio es bajo. Habrá que tener en cuenta que no será barato para una sola persona porque los platos son grandes, y por lo menos la mitad de ellos, son para compartir. En cambio, si vas en pareja, en un trío de amor bizarro o en un cuarteto cordobés, el valor final de la cuenta va a ser mucho más bajo de lo que esperás que cueste comer en Palermo. Hacé la prueba.
Tercer punto, la comida. Es cierto que varios creen que es el Fast-Food palermitano de la parrilla, pero si te detenés un minuto a probar entrañas en varios restaurantes de la zona, quiero que seas sincero y me digas si realmente en todos la saben cocinar como debe ser. Digo entraña porque cualquiera te tira un bife de chorizo mariposa a la parrilla, ¿pero entraña?
No, querido, la entraña se respeta, se idolatra, se vanagloria, y cuando ya le escribiste una oda a la entraña con la punta de los fósforos usados, podés intentar cocinar una y que te salga bien.
Es mi forma de saber qué tan clara la tienen en la parrilla. Hay cocineros y hay parrilleros. Un cocinero se tiene que dedicar a emplatar, decorar, y toda esa veta artística que me da igual a la hora de comer.
Al parrillero le da lo mismo como se sirve la comida, con qué la vas a acompañar, o qué vas a meterle al buche para bajar el bocado. El tipo sólo mira la carne, el fuego, la altura de la parrilla a las brasas, y espera el momento indicado para pinchar, cortar, servir y que comas. Un parrillero que te hace una buena entraña, es un buen parrillero.
Si sos medio fifí o estuviste haciendo desarreglos durante toda la semana, también tiene algunos platos para gente delicada como vos, mi querido Hipster con alma de rockero al que le cae mal la salsa criolla: cazuelas de calabaza y choclo, pollito con ensalada Caesar, alguna que otra porquería medio vegetariana. Más allá de la veta light de los platos, son muy buenos.
Convengamos que esta parrilla es una parrilla Cheto-Friendly que logra acomodar en el mismo salón a los que nos gusta el asado, y a los que no dejan de comer platos palermitanos porque la zona te lleva.
Al final, vegetarianos y hipsters, también son seres humanos...
Querelos, son así porque se sienten solos...
Nombre: Las Cabras Tipo: Restaurante - Parrilla Estilo: Minutas, carne, guisos, variado Dirección: Fitz Roy 1795, Capital Federal Teléfono: 5197-5301
Evaluación Cocina: Muy Buena Ambientación: Regular Atención: Buena Precio: Económico
Ideal para: Que el cocodrilo no se queje. Amigos y familia, con ganas de esperar para comer.
Hace un tiempo me habían recomendado que me dé una vuelta por Moreneta de Monserrat bajo el lema: Es otro restaurante más, pero a mi me gusta.
Después de haber ido varias veces decidí sentarme a escribir sobre este espacio gastronómico sin saber bien qué puntos remarcar frente a tanta competencia en la zona. No nos olvidemos de que Plaza de Mayo y alrededores es un centro gastronómico por excelencia competitivo por la demanda que hay en esa parte del centro porteño.
Si uno se pone a pensar un poco y tiene un par de ideas interesantes puede maximizar la mezcla de clientes que puede tener en el norte de San Telmo (en Moreno 477): turistas y oficinistas.
En gastronomía es complicado ofrecer un producto acorde a varios nichos de mercado. Si uno se encasilla en un nicho muy chico puede costarle caro un paso en falso. Si uno abarca mucho, aprieta menos que adolescente con la cara llena de granos.
Hay una realidad: lo único internacional a lo que podemos acceder hoy en día en Argentina es a la gastronomía. Con las trabas a las importaciones y el dolar paralelo salado como Mar Muerto no nos queda otra opción para viajar que probando platos extranjeros, obviamente adaptados con los ingredientes que tenemos a mano.
Para eso el argentino es muy hábil. Si no tiene algo, te lo inventa, o te hace creer que lo inventó. Chanta, hábil, van de la mano.
Después de haberme ido por las ramas de canela vuelvo a Moreneta, un emprendimiento a pulmón que ya lleva unos añitos, donde la idea es ofrecer un producto bueno, a un precio accesible.
Hoy en día podés comer por unos 100 pesos per cápita, bien comido, con sabores marcados. Incluso el "salmón" blanco, esperando que no tenga mucho sabor, me sorprendió gratamente.
Me gusta probar platos vegetarianos porque son los más complicados de hacer sabrosos. Cualquiera te cocina un churrasco con sal y pimienta, pero una lasaña de berenjenas ya es algo que, si no tienen buena mano, se convierte en un mil hojas de diario y pasto. No era el caso, la lasaña estaba buenísima.
Igual, porque soy un fanático del pan, lo que más me gustó fue la panera. El pan casero, con semillas, saladito, cremoso, suave. Hacía rato que no me topaba con un pan tan rico en un restaurante. Es fácil conseguir buenos panes un domingo por la mañana, pero un lunes cualquiera, en un restaurante del barrio de San Telmo, es algo impensado. Espero que sigan haciendo este pan porque vale la pena comérselo todo antes de que te lleguen los platos.
Mientras esperaba la comida divisé la cava, alias mueble con botellas de vino a la vista del público. Me sorprendió estar de acuerdo casi con la totalidad de vinos seleccionados como grandes opciones a la hora de probar, sea en el restaurante o sea en casa.
Está bueno cuando la selección de vinos tiene los Best-Buy porque, si no tenés mucha idea de qué tomar, es difícil que te equivoques al azar. Y cuando hablo de Best-Buy hablo de vinos que están elaborados para ser gustados por el consumidor general, a precios que vale la pena pagar.
En resumen, se come rico, te podés tomar un vino con los ojos cerrados y engordar feliz con la panera. A un paso de la Casa Rosada, comida chic para algunos y algunas.