Antes del año 1450 las historias se contaban, viajaban, e
iban evolucionando dependiendo de emoción de cada uno de sus narradores.
Eso fue hasta que un tal Gutenberg, cansado de no poder reenviar un e-mail y tener que copiar todo a mano, inventó la imprenta. Comenzó utilizando una prensa de vino
para aplicar fuerza en las letras sobre el papel. Ya desde entonces el vino no sólo
curaba heridas en el corazón del hombre con problemas amorosos;
alguien le había encontrado otro beneficio a ésta bebida. Imprimir
historias.
¿Pero qué pasó con esa magia del relator, esa evolución natural del texto que venía impresa, por la personalidad del cronista? Los textos habían empezado a perder esa evolución. A veces creo que nos olvidamos de lo
esencial, para que una historia sea real, tiene que ser creída por el que la escucha, o la lee. Lo real
ya no es tangible, sino elegible. Uno elige creer.
Por eso elegí mi propia historia del pingüino, y del vino.
Algunos atribuyen la forma de esta jarra receptora de la
sangre de la vid a recipientes llegados de Europa y usados para servir
el vino cuando todavía viajaba en grandes toneles desde la región
vitivinícola más importante de Argentina, Mendoza. Se fraccionaba en
Buenos Aires y se servía en bodegones en jarros de diferentes formas.
Yo quiero creer que
hay algo más que la mera coincidencia.
Me gustaría creer que el pingüino, animal fiel a su pareja,
es más que una forma aleatoria de recipiente. Tiene que haber algo más.
Pienso, pingüino, fidelidad, pareja, y se me viene a la mente el matrimonio, el maridaje.
Lo que más me gusta de la palabra maridaje es que viene del
matrimonio. No hablo de la unión civil, ni tampoco pienso en la
Iglesia. Siento al maridaje y al matrimonio como un camino juntos. Así
como el pingüino elige a su pareja y forma una unión tan fuerte como la
naturaleza, el vino vive lo mismo.
La función del vino es maridar. Encontrar su pareja. Con
traspiés, diferencias, y similitudes, el vino busca esa compañera para
toda la vida. Como un Malbec acompaña esa carne jugosa, con la grasa
crepitante, los cristales de la sal entrefina que le provocan esa
transpiración de jugos tan sensual que nos pide un sorbo del jugo de una
uva bronceada por la tierra del sol. Hay miles de Malbecs. Hay miles de
asados. Pero ellos se reeligen cada vez que alguien enciende el fuego, o ¿por qué no?, la llama.
Y así como el vino sueña con su maridaje, el pingüino sigue
su camino al lado de su pareja, mientras yo, tan solo un hombre, contra
casi 6 siglos de imprenta, decido contar una historia, que no
es verídica, pero sí la más merecida de todas.
¡Salud!

El Guerrillero Culinario
2 comentarios:
Hola.
Te paso un dato de color para aportar a tus primeros párrafos.
Quienes por profesión (soy bibliotecóloga) estudiamos acerca de la historia del libro sabemos que Gutenberg ni se llamaba Gutenberg ni inventó la imprenta.
Su apellido real era Gensfleisch que significa carne de ganso por lo que decidió adoptar el nombre de su lugar de nacimiento.
Era herrero de profesión y debido a esto comenzó a trabajar con distintas aleaciones de metales que pudieran convertirse en "tipos móviles", es decir, los pedacitos de metal con las letras que luego se colocaban en la prensa conformando el texto que iba a ser impreso.
Anteriormente a su invención las prensas trabajaban con tablillas de madera que contenían toda una página grabada en ellas y, debido al desgaste de este material, podían ser utilizadas sólo durante poco tiempo lo que hacía más costosa y dificultosa la impresión.
Saludos y, aprovechando las fiestas, brindo por más post interesantes del guerrillero culinario.
Hay varias versiones, pero me quedo con ésta. Poesía y sensualidad, en una jarra de cerámica. Brindo x eso! 💜
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