Video kill the Blogger Star

No.

No se preocupen. Voy a seguir escribiendo.

El blog fue el comienzo de este viaje de sensaciones que funciona, en cierta forma, como vía de escape a las cosas a las que no estoy obligado a hacer.

Un día me puse a filmar. Soy leonino, siempre me va a gustar mostrarme o intentar llamar la atención, y esto de las redes sociales y los medios audiovisuales son ideales para compartir. 

Hoy en día me encuentro en ratos libres de mi trabajo escribiendo ideas en mi agenda vieja del 2014 con títulos de recetas y detalles que me gustaría contar, y mientras vuelvo en colectivo hasta casa voy mensajeándome con mi mujer viendo qué le gustaría que cocine así me organizo; paso por el Mercado de Velez Sarsfield que tengo a tan solo 3 cuadras, compro alguna verdura, alguna carne, lo que me haga falta, y vuelvo a casa, un poco agobiado por el calor, otro poco cansado porque para mí el día recién comienza.

Pero me encuentro feliz. Me pongo el delantal, limpio la cocina, acomodo los ingredientes, empiezo a presentar todo sobre la mesada al mismo tiempo que relojeo la batería del celular para estar seguro de poder filmar todo sin problemas.

Y se me va el cansancio, el calor, el agobio. Por un instante me renuevo, apoyo el dedo índice sobre el símbolo que permitirá filmar toda la receta, tomo aire, más como si estuviese entrando a la cancha, a jugar la final del Mundial, y comienzo.

Comienzo a ser feliz haciendo lo que me gusta.

¿Cocinar? No sé si es exactamente cocinar lo que me hace feliz. Eso lo hacía antes, me gustaba, pero no era del todo especial. Me sentí feliz en esos momentos donde quería agasajar a mi mujer con una cena romántica, o cocinarle un buen asado a mi vieja que ama juntarse en familia, o mismo preparar un menú de 3 o 4 platos y otras tantas cosas para picar para mis amigos. 

Entonces lo que me hace feliz es compartir.

Yo creo que cada uno nace con algo. Me hubiera encantado nacer con la facilidad de tocar la guitarra, de cantar, de pintar, inventar la vacuna contra el HIV o cualquier cosa que pueda compartir con los demás. Pero me tocó nacer con la habilidad de deshacer toda la parafernalia elite de la gastronomía en algo tan simple como cocinar. Compartir esas cosas que muchos intentan mostrar complicadas, pero que se pueden hacer de forma muy fácil.

Compartir mi cocina.

No me interesa ser un Chef, un jefe de cocina, porque para la estrategia tengo el T.E.G. guardado y cuando quiero lo saco y me divierto un rato con mis amigos. Me interesa la cocina, los cuchillos, las sartenes, los fuegos, hacer. Y me gusta compartirla.

No les enseño cocina. No, para nada. No soy un profesor. Sólo quiero compartir lo que hago, y que eso los movilice a ustedes, los incite, les provoque algo dentro que los lleve a compartir también la cocina con los demás.

Porque a veces tenemos que darnos cuenta, y dejar de esperar que la felicidad venga servida, cuando somos nosotros los que tenemos la receta, y los ingredientes para hacerla. Uno puede disfrutar de un vino, de una cerveza, o de un exprimido de naranja con jengibre y ser feliz así, por un pequeño ratito, al menos una vez al día.

Hoy por hoy, llego a casa, y Nana me mira sonriendo emocionado porque me gusta cómo salió el guacamole en la cámara, me doy cuenta de lo más importante. Que estoy sonriendo. Y si sonreír como un chico por hacer lo que me gusta no es ser feliz, definitivamente no sé qué es la felicidad.

Por eso los invito a mi Canal en YouTube. Suscríbanse, no les cuesta nada, y a mí me da más fuerzas para seguir remando esto que hago sólo con la ayuda de mi mujer y, mi vieja y algunos amigos. No tengo un canal de televisión que me banque. De todo nos encargamos nosotros.

Pero los tengo a ustedes, que con un Me Gusta en Facebook, un Follow en Twitter o Instagram y suscribirse en YouTube, me ayudan a seguir compartiendo. Mi pasión. Y creo, la pasión de ustedes también.

Cocinen. Es la forma más fácil de ser feliz con uno mismo.





El Guerrillero Culinario

  

El Mercado siciliano Ballaró en Palermo, Italia

Palermo me gustó mucho. Venía de Nápoles muy desilusionado y tenía miedo de encontrarme con otra ciudad sucia, pero al parecer la mugre se concentra alrededor del mercado más importante, o sólo en esos momentos que las empresas de recolección hacen huelga. No fue nuestro caso. 

Si bien hospedarte cerca de la estación de trenes puede ser cómodo y seguro, como en Turín, también puede ser un parto como en Nápoles o no del todo lindo como Roma. Pero en Palermo, aunque no sea el barrio de La Recoleta, tampoco te hace sentir inseguro. Además de ser más barato, también es más cómodo, y ni te cuento si te gustan los mercados.


Lo más entretenido de estar cerca de Palermo Centrale fue pasear por el Mercato Ballarò, un mercado gigantesco, sobre las mismas calles de la ciudad, comenzando en la avenida Corso Tukory.

Si tengo que resumir el mercado en una palabra sería caos. Caos con todo lo bueno y malo que tiene, pero siempre tomando al caos como la posibilidad de resurgir.

Hay mugre, sí, pero no es mayor que en otros mercados que visitamos, ni tampoco me importaba tanto. Hay algún que otro malandra, pero nada que ver con los buscas napolitanos. Eso sí, tenés todos los pescados que se te puedan ocurrir. La variedad de productos de mar que hay en este mercado lo hace atractivo para cualquier extranjero con una dieta basada en harinas, carnes, pollos y de vez en cuando algo de cerdo. Atractivo para todo el mundo.

Baratijas, montones de baratijas, muchos frutos secos provenientes del norte de África (tienen un contacto muy fluido y se nota hasta en la gastronomía), verduras por doquier, algunos puestos de carnes, otros de panes, más puestos de quesos, y pescados.

Peces espada, langostinos de todas formas y colores, cangrejos y langostas vivos intentando abrir sus tenazas que están sostenidas por simples banditas elásticas, filet de acá, filet de allá, postas de salmón, algo de atún rojo, trillas, miles de trillas, y así puedo seguir nombrándote las 100 variedades que podés conseguir en tan solo uno de los puestos. Algo que, si te gusta cocinar, es alucinante.



 



Caminás entre la gente y los gritos, muchos gritos, intentando acaparar al público. Un poco parecido al mercado Porta Palazzo de Turín, pero más, ¿cómo decirlo?... ¿rústico?.

Todo desordenado, amontonado, pero lleno de vida. Y en el medio de ese camino del cual creés que vas a enloquecer por el tumulto de gente y la cantidad de oferta que te gustaría disfrutar (estábamos en un Bed & Breakfast y soñábamos con un departamento con cocina), entre los llamados de atención para venderte, aunque sea, un kilo de berenjenas, te encontrás con puestos donde hay cola, y nadie grita.

Al inglés le encanta hacer cola. Le gusta. Es como parte de su idiosincrasia. Pero el tano, si hace cola, es porque lo vale. Sino va a comprar a otro lado. Por eso cuando ves a italianos haciendo cola frente a una mesa de fórmica con un tipo que saca pescados de una carretilla, sí, tal cual te lo digo, de una carretilla, sabés que esos pescados todavía están tomando las últimas bocandas de aire que tienen en las branquias, porque son tan frescos como si los hubieses pescado vos mismo. Las dos caras, una es el caos, y otra es el paraíso... para el cocinero, obvio.

Nos compramos un cono de aceitunas grandes como frutillas, carnosas y bien intensas de sabor, un par de focaccias, y mientras caminábamos por el mercado por segunda vez cubríamos esa necesidad por meter dentro de la boca todo ese sabor que uno logra percibir con los ojos, picando algo, para paliar las ganas de cocinar, porque es una gran injusticia para el cocinero no tener un fuego y una plancha a mano para dar vuelta y vuelta una posta de pez espada y sentir que, por un momento, estás siendo parte de esa cultura de la gastronomía de mar fresca, mediterranea, como sólo el viento de la isla te hace sentir.




El Guerrillero Culinario

  

Fragmentos, parte 2.

Como buen fan de Tony Bourdain me gusta seguir los pasos del chef franco-americano a través de las diferentes ciudades que recorro. Me gusta visitar los restaurantes que él visitó. Un poco para tratar de sentir que vivo su vida, viajando y comiendo para contarle a los demás, y otro poco para juzgar qué tan bueno es el lugar que él visitó, o si es uno más del montón.

Estábamos en París, invierno, pero de esos inviernos a los que no estamos acostumbrados en Buenos Aires. Hacía un frío que te pelaba los huesos, yo tenía mi mapa con lugares para comer cerca de los monumentos o museos que íbamos a visitar. Uno cuando es organizado maximiza todo disfrute de sus vacaciones, más cuando te gusta comer y no vas a conformarte con algo tan simple como una hamburguesa en una cadena rápida de concentrados de grasas. Si el clima es hostil, otro motivo para tener el listado de espacios cerrados para entrar a alimentar el alma.

La Torre Eiffel. Sí, ¡mirá qué linda!. Hermosa. A ver, -dije mientras tomaba la foto de rigor- mirame, ahí, -clic-, listo. Vamos a comer, que se me congeló la mano derecha.

Más o menos así.

Minuto más, minuto menos, el viento frío sumado a los copos de nieve que te van avisando que estás por acompañar a Walt Disney en su viaje por el freezer, salimos caminando por el Champ-de-Mars para dejar atrás a este monstruo gigantesco de metal tan hermoso y atractivo, hasta la Rue de Grenelle. Apenas a una cuadra y media del parque llegamos a un bistró, barcito pequeñito, ambientado muy lindo. El toldo rojo conservaba su nombre Le Royal tal cual lo había visto en el programa. Me encanta pararme frente a lugares que vi en programas de cocina y sentir que, por un instante, me habían filmado a mí, justo ahí. 

Entramos y apenas nos sentamos vino un mozo que, calculo, era pariente o algo parecido de los dueños. Uno se da cuenta por la forma en que te atienden si tienen la camiseta puesta o si juegan por un sueldo. Hermano o hijo del dueño, vaya a saber, nos ubicó.

Cuestión que vemos el menú y ordenamos el menu du jour de 11€. En eso llega algo tan simple y magnífico como sólo puede hacer un francés. Ensalada de endivias con queso Roquefort y mostaza de Dijón.

Una simple ensalada que tan sólo tenía 3 ingredientes. Tres y solo tres. Y sin embargo ya me había enamorado de este pequeño barcito que siguió sumando puntaje con el pescado, un filet de lenguado bien rico, cocido en su punto justo, y el churrasco jugoso como lo comen siempre los franceses, como para mojar el pancito de miga elástica en la sangre que se formaba a los costados del plato... pero yo me había quedado congelado en esa ensalada. 

Es triste llegar acostumbrarnos a esa mostaza industrial que se venden en los supermercados y no disfrutar de una buena mostaza, fuerte, intensa, que te pique en la punta de la lengua, y que realce todos los sabores, inclusive cuando sólo tenés algo tan amargo como la endivia y algo tan salado como el queso Roquefort. ¡Como si fuera difícil hacer mi propia mostaza!

Por eso un día decidí tirar a la basura esos sachets de aderezos para panchos y hacer una mostaza con todas las letras.

Si vamos a lo básico, una buena mostaza también es simple. Sólo necesitás semillas de mostaza o si querés podés usar mostaza en polvo (aunque así te sale más picante y su textura es más lisa), vinagre, ajo, aceite de oliva, quizás un poco de vino blanco, sal, y dejar que el producto se exprese por si mismo.

A un océano de distancia puse una ollita en el fuego con algo de agua, apenas, lo suficiente como para tirar las semillas y que se ablanden un poco. Llega a hervor. Listo, a quitar del fuego y dejar que las semillas hagan lo suyo. Después le rallé el ajo y le puse el resto de los ingredientes en esas medidas que salen mejor a ojo que con calculadora.

-¿Pero cuánto de aceite?
-y... ¡yo qué sé!... un poquito. 

Nada más lindo que jugar con lo que tenemos mientras mantenés apretado el botón que acciona la procesadora (mixer para los más modernos) y vas regulando la textura de la mostaza según tu ojo te dice que le falta agua, vinagre, aceite. Probar, meter una cuchara y probar. Dejo el punto justo de sal sabiendo que con los días se concentrará el ácido y lo picante de las semillas que explotan de sabor en mi boca, y por un minuto me transportan a París, a Le Royal, y a una ensalada.

O quizás transporten todo eso a mi mente; a traer de nuevo esas calles frías que eran una buena excusa para caminar enamorado de la mano dándonos calor en el alma.




Lionel Kleiman, el Guerrillero Culinario